No es mi pedo

Hace poco más de un mes sufrí un buen azotón en la bicicleta, e hice lo que todo chavo milenial hubiera hecho: lo publiqué en fb. Ver la reacción de mis contactos fue interesante. Entre la muy agradable aunque predecible lluvia de “espero que estés bien, ojalá no te haya pasado nada, etc”, hubo unos tres o cuatro comentarios fuera del tono usual.

Primero, un poco de detalle sobre el incidente.  El conserje de un edificio abrió la puerta de una camioneta, después de estacionarla del lado derecho, y no nos vimos a tiempo.  Entonces, yo, circulando como debiera ser usual, por el lado derecho, y bastante pegado a los coches estacionados, apenas alcancé a desviarme un poco y el manubrio de mi cleta alcanzó la puerta y pues maroma inmediata, con aterrizaje forzoso con hombro, brazo y lumbares (gracias Senzei, aprendí a rodar bien). El trancazo fue impresionante y el automovilista fue relativamente amable, cuidandome hasta que me pude poner fácilmente en pie, revisar la bici y retornar a mi casa a lamerme mis raspones (no pasó de eso: moretones y raspones y un par de días de baja mobilidad.

Los comentarios extraños que recibí se clasifican en dos grandes categorias:

A) No es mi pedo

B) Es mi pedo

Dentro de la categoría A tenemos dos que me dejaron medio atolondrado de lo curiosamente impertinentes que eran: básicamente eran el mismo, pero un amigo lo puntuó con un video. Se trata de decirme que la solución está en que los conductores abran la puerta con la técnica “holandesa”, es decir, con la mano opuesta a la puerta, para obligarlos a ver hacia atrás.  ¿Porqué me dicen a mí eso? Yo no voy a estar educando a los automovilistas. O tal vez esperan que quienes ven mi muro sean conductores que pueden aprender algo de eso (una minoría muy minoritaria si acaso). Yo, y la mayoría de las personas que estaban en el hilo de la discución, son ciclistas y peatones, y no hay grupo que tenga menos poder de influencia educacional (por las buenas) sobre los automovilistas que nosotros.

También dentro de la categoría A estaban varias muestras de solidaridad tratando de responsabilizar al conductor. Estos comentarios eran más pertinentes para mí, pero los pongo en esta categoría porque el hecho de que fuera pedo del conductor no es mi pedo. Es decir, yo no gano nada sabiendo que el era responsable (además, ya lo había perdonado en mi fuero interno y la neta me valía un pepino si el se sentía responsable o no).

Otro amigo, “O”, comentó el único comentario de la categoría B. Básicamente el dijo que si era mi responsabilidad (al menos a la mitad) por ir tan cerca de los automóviles estacionados. Ese si es mi pedo: es algo que YO puedo solucionar y asumir dentro de mi esfera de poder. Otro amigo, “A”, se molestó por ese comentario y pareció que era un insulto comparar mi error de distracción/falta de previsión con el error posiblemente mortal del conductor. No, “A”, “O” tiene razón. Es mi vida y la tengo que cuidar yo antes que otra persona.  Y aquí voy  a hacer una afirmación muy fuerte: hace tiempo que deje de concederles a los automovilistas rasgos que desde fuera parecieran inteligencia. Para mi son como fuerzas naturales, objetos que están ahí y se mueven peligrosamente y tienes que conocer sus modos para poder sobrevivir entre ellos. Pero no puedes tratar de razonar con ellos o de pretender que te ven concientemente. En todo caso, algunos son ligeramente empáticos, pero mayoritariamente se comportan como búfalos drogados y enfurecidos. Y yo lo sé, desde hace tiempo.

Un amigo de tendencias budistas una vez me dijo que los coches operan como una extensión del ego. Yo creo que  son más bien un fuerte acorazado del ego: impiden la conciencia de otros entes fuera de éste. Y otorgan un poder insensibilizante al medio y al otro. Máquinas estúpidas atoradas en el tráfico operadas por proletarios del escritorio cansados y amargados.

Si yo quiero estar seguro en medio de esa estampida lenta pero brutal, tengo que operar inteligentemente yo, y ejercer el poder de la libertad que me otorga la bicicleta. Por lo tanto, tengo que ocupar carriles completos cuando me sea posible sin timidez alguna. Lo contrario es renunciar al poder, y sabemos que eso es básicamente invitar a los abusivos a ejercer el suyo en tu contra.  Y por supuesto colarme entre carriles siempre que pueda. La bici me hace ágil y sutil y no voy a renunciar a ello.

Eso sí es mi pedo.

 

 

 

 

Momento.

Hay un quiebre en el poder. Hay vacío. Los empoderados se han desconectado demasiado de la realidad y aparentan, a todas luces, ser completos imbéciles. Se siente como están debilitándose las estructuras que los soportan, por sus mismos actos que las socavan, o porqué estas ya no pueden seguir siendo manejadas por estos corruptócratas disfuncionales.

Al mismo tiempo podemos ver que el hartazgo de la gente ha llegado al punto del absurdo. Nuestro vecino del norte ha elegido con un apoyo real considerable a un narcisista megalómano que les promete un poco de protección y un cambio… cualquier cambio.

“El Donald” ha demostrado en unos pocos dias al mando ser más estupido que Vicente Fox, más derechista que Truman y más desconectado de la realidad que Calderón. Sus movidas están dividiendo a la nación norteamericana como nada desde la guerra civil.

Mientras tanto, aquí en nuestro lado de la frontera, al sistema también se le mueve el piso: ya no puede controlar a sus propios miembros cleptomaníacos sanguinarios y tiene que aparentar al menos que los tratará de ajusticiar (Duarte, Yuñes, etc). Pero no puede dar muestras de fortaleza ante esta situación o la internacional porque no la tiene: tantas décadas de solo ver por el beneficio inmediato de sus miembros, de apoyar al crímen en lugar de al Pueblo, y de ser servil con los intereses capitalistas egoístas internacionales han minado por completo su capacidad de acción, de respuesta, de credibilidad. EPN se ve cada día mas maltrecho, sus asesores cada vez más tontos ponen mala publicidad en su boca, el café  o lo que sea que consuman ya no los mantiene lúcidos, sus mentiras son tardías, hasta los que los apoyan las descartan como  meras movidas mediáticas.

Todo este horror puede ser un buen momento. Por la vía pacífica, tomemos el control de las instituciones. Hagamos labor de vecinos. Hablemos con la gente, elijamos a nuestros vecinos para los puestos publico. Kumamoto dio un primer paso. Hay que continuar por esa vía, hay una apertura, gracias al resquebraje, por ahí nos debemos colar nosotros.

Con calma. Sangre fría,…

De vuelta con lo mismo

Pues después de mas de un año de abandono regreso a escribir y regreso con un pretexto similar, voy a seguir defendiendo el alleycat, a los fixeros “ñeros” y otros tipos de ciclistas “irrespetuosos”.

No, de hecho no estoy defendiendo a esas categorías por si solas o mas bien me gustaría contextualizarlas dentro de un concepto más amplio y un poco más trascendental. No sólo por las respuestas que tuvo el artículo anterior, también por comentarios que me han hecho otros ciclistas en las calles recientemente.

Creo firmemente en que la autoridad política siempre es corrupta y que el poder corrompe a casi quien sea. Hay evidencias de que esto es así sistematicamente a lo largo de las historias y las culturas. Al parecer aquellas culturas que acotaban muy estrictamente el poder que podía acumular cualquier individuo son aquellas que tienen fama de menos corruptas, mientras que aquellas donde el poder se acumulaba en pocos individuos o instancias tienen una fama histórica de dictaduras, corruptocracias y básicamente ser el infierno en la tierra.

La rebeldía de un montón de jóvenes imberbes ( o excesivamente barbados si andan hipsterosos) puede descartarse fácilmente como un acto de inmadurez o rebeldía hormonal. Nomás que muchos de estos “jovenes” ya andamos pasados la treintena de años y no estamos ya sujetos a los cambios de personalidad propios de la adolescencia. Tenemos todas las razones del mundo para haber rechazado cualquier forma de autoridad, han demostrado en  México al menos, ser todas absoluta y profundamente corruptas.  La autoridad del tránsito no es diferente.

Además, el tráfico de la ciudad es una forma de control y violencia contra el individuo. El coche dejó de ser décadas atrás la máquina de liberación de la clase trabajadora para convertirse en una sutil pero eficaz cadena de esclavo. La obligación que la cultura capitalista gringa nos impone de tener coche propio y manejar todos los dias al trabajo se ha convertido en un infierno que nos absorbe de dos a cuatro horas de nuestro tiempo “libre” diario, nos drena de nuestros miserables salarios y nos hace sentir que sin él, no somos humanos descentes. El gobierno está perfectamente de acuerdo con eso, y sigue planeando para que los citadinos sigan usando coche con tristes “privilegios”, como segundos pisos de paga y pendejadas de ampliamiento de carriles, todos los cuales se saturan rápidamente dado que el parque vehicular sigue aumentando. Un gobierno con un mínimo de espíritu servicial ya habría hecho que el transporte público colectivo fuera la mejor forma de transporte en la ciudad de México. Por supuesto, el trabajo está encaminado en la vida  real  a hacerlo el peor y van muy bien. Porque claro, esos idiotas trabajan para Ford y Volkswagen, entidades igual de corruptas que el senado Mexicano si las hay. No para nosotros.

Los ciclistas no tenemos que considerar una realidad que no sólo no nos considera, sino nos agrede y nos violenta. Nuestra postura es una postura de lucha violenta. Nuestra guía de comportamiento tiene que ser la prudencia para con nosotros y con terceros, pero no el respeto. No se han ganado nuestro respeto. Y hemos sido tal vez excesivamente pasivos en nuestra postura, a pesar de que nos han matado a varios. No vamos a pedir perdón por eso. Nosotros vamos a cambiar la ciudad, y no el “respeto a la ley” ni el agachón uso del discurso de la “convivencia sana e inclusiva”. La ciudad tiene que cambiar para todos. Y ser más saludable para todos.

Monta o muere.

 

 

No es que no me guste el vino…

… pero hay algo terriblemente mal en el esfuerzo del tercer mundo por producr vino y quesos. La relación de las producciones de comida gourmet a lo largo del mundo es asimétrica, con una ventaja absurda para los países coloniales europeos y todos los demás como segundones recién llegados.

La semana pasada vi de regreso de mis vacaciones los anuncios de la Ruta del Vino y Queso en Querétaro. ¿Porqué me debería de dar disgusto que en mi país se produzca buen vino y queso? Au contrarie, mon cheri… me da mucho gusto que se haga y estoy más que dispuesto a disfrutarlo. Pero algo apesta de todas formas, y creo que para disfrutar algo también tenemos que ser al menos un poco conscientes de sus costos e implicaciones. Y lo que apesta es lo siguiente:  ¿Por dónde pasa la route de mole et pulque en Francia?

Si no me cachan, detallo: los países europeos colonialistas definieron hace ya mucho tiempo que era lo que era comer y beber bien (asimismo definieron que era vestir correctamente). Era comer, casualmente, lo que ellos ya llevaban siglos produciendo y perfeccionando. Nosotros, los colonizados, seguimos esforzándonos por estar a su altura, un poco como el niño de secu que quiere ser como el adolescente de prepa que se lo madrea, porque ese es un chingón y que chingón juega basquet. El bully de prepa no tiene porqué ver que cosas chingonas hace el bulleado y tratar de aprenderlas.

Los europeos ni siquiera pretenden tener una ruta del mole mexicano, ceviche peruano, sopa de quina boliviana, etc (Disculpen que no de ejemplos de África o Asia, no conozco lo suficiente). Los países colonizados nos esforzamos mucho por hacer quesos y vinos como los de Francia y España. Diablos, ni siquiera intentan hacer un queso Oaxaca aunque fuera de puro hipsterismo (si saben de lo contrario avísenme).

No estoy alegando que boicoteemos el vino y quesos a la europea latinoamericanos. Me parece excelente que los produzcamos y que nos salgan bien. Simplemente me daría gusto ver a algunos emprendedores alemanes tratando de hacer tortillas y tlacoyos azules que compitan en calidad (y con el mismo orgullo que nuestros vinicultores tienen) contra los que hacen las señoras hñahñu en el Valle del Mezquital. Y que vinieran a la feria gastronómica de Hidalgo a competir. Y que fuera algo que jalara más europeos, porque “que chingón hacer tortillas como las artesanales de México”.  Y que se mostrara en los folletos de turismo de Bavaria “Bienvenidos a Tlacoyenweg”. Entonces su juicio  gastronómico y el nuestro como colonizados sería un poco más simétrico.

Reflecciones en torno al alleycat.

Este fin de semana un conocido muy apreciado murió durante un alleycat. No era un amigo muy cercano, pero si una persona que yo estimaba bastante por su trato amable y divertido. Además, era miembro de uno de los grupos ciclistas más combativos de la Ciudad de México. Los compañeros  de este grupo perdieron a un amigo precioso y todos nosotros a un feliz compañero de ruedas y cerveza.

No conozco los detalles exactos de su muerte, al parecer fue un accidente medianamente esperado en este tipo de carreras… excepto que en realidad dichos accidentes son extremadamente raros. Voy a aprovechar la ocasión para hablar del asunto, porque al parecer ya hay gente dispuesta a “culpar a la víctima” demasiado pronto. En estos casos no parece haber realmente víctima ni victimario, sólo circunstancias fatídicas.

Para los no enterados, un alleycat es una carrera ciclista urbana de naturaleza esencialmente punk. Con esto quiero decir que es clandestina (y a veces, ilegal), antiautoritaria y anticonformísta, y con un mensaje de lucha activa por derechos fundamentales y libertad individual y social. La carrera se corre en las calles de cualquier ciudad suficientemente grande, se usan las avenidas y calles en condiciones “naturales”, es decir, se corre con el tráfico usual de la ciudad, sin ninguna protección especial, y sin rutas claramente definidas. Cada corredor escoge la que mejor le parezca y complete los puntos de control o las tareas asignadas. La autorida’ de una ciudad nunca podría solapar un acto tan aparentemente riesgoso, donde los ciclistas abusan de las vías y no respetan las reglas de tránsito. El mensaje político y social de estos eventos es de desdén por reglas y construcciones hechas para la industria ultracapitalísta del automóvil y beneficio de políticos y empresarios. El alleycat es una forma agresiva de tomar uso de unas calles que también pertenecen a ciclistas y peatones, y demostrar que incluso con arquitectura y reglas en contra, la bicicleta es el medio más eficaz para el transporte individual.

Me puse a buscar un rato en la red, y al parecer el número de accidentes mortales en alleycats es extremadamente bajo. Yo sólo pude encontrar otro caso similar, en Chicago, hace ya siete años. Estas carreras se han llevado a cabo desde 1989. Tenemos una taza de muertos mucho más baja que la escalada en roca, o que cualquier otro deporte extremo, y muchos de los otros deportes más “suaves”. Sin embargo la percepción del público y de la autorida’ es completamente diferente:  el comentario del ciudadano promedio, ciclista o no, es simplemente, “están locos”, o “suicidas”.  Nunca podremos negar el primer adjetivo, el segundo se le aplica a casi cualquier deporte que no sea de cancha o estadio, así que no tiene gran peso para nosotros ya. Pero es innegable que estas carreras implican un riesgo elevado para los practicantes, al menos en principio. Seriamente creo que la percepción del riesgo se debe a que andar en bici cotidianamente en la ciudad es ya bastante riesgoso, y es ahí donde encontramos bastantes muertos. Es justo ahí donde se delata que las ciudades construidas con miras a los automóviles son territorio enemigo para los humanos desnudos. Estas ciudades son hostiles a la convivencia en escalas naturales. En cambio suelen consumir recursos inmensos y necesitar de infraestructuras desmesuradas que siempre resultan pequeñas frente a la voracidad del imperio del automóvil.

El alleycat no es  “deporte” porque no cuentan con la sanitización de los deportes. Es un juego, en el sentido medieval de la palabra. Las circunstancias no están controladas ni homogeneizadas, uno corre contra el tráfico, el clima, y la mala suerte, no contra sus compañeros. Uno corre contra la ciudad, con toda su impredictibilidad, su mugre, su caos, su corrupción y su injusticia. Un juego no sólo mide condición y destreza física, también mide bravura, coraje, inteligencia y circunstancias azarosas. Es mucho más divertido que cualquier deporte claramente reglamentado. Nos da poder a los participantes y a los ciclistas en general. Cambiá la percepción de nuestras propias capacidades. Y hace cambiar a la ciudad, la reduce a nuestra escala, nos la entrega en nuestras manos.

El riesgo de hacer esta afirmación social y de jugar este juego existe. No es tan alto como se siente, como se percibe, pero dolorosamente nos fue recordado este fin de semana su realidad. También nos fue recordada nuestra propia mortalidad frente a una maquina de hierro de 500 kilos y altas velocidades que nunca debió de cobrar los espacios públicos de nuestras ciudades. Haríamos muy mala memoria de nuestro amigo rendirnos frente al dominio bestial de esas máquinas y detener nuestro juego. Podemos, eso sí, siempre, ser más prudentes, pero no cobardes.

Checkpoint de un Alleycat.

Checkpoint de un Alleycat.

En defensa de (escuchar) Metállica.

Metallica.

Metallica antes de que demandarana a Napster. Todavía tenían algo de humanos aceptables.

Es cierto, uno escucha lo que está acostumbrado a escuchar, en general, excepto por ciertos melómanos adecuadamente sensibles, la mayoría de nosotros escuchamos la música impuesta por nuestro grupo social, nuestra época y, primordialmente, lo que escuchabamos mientras eramos emocionalmente más vulnerables. Lo que nos moldeo en la temprana adolescencia estéticamente lo vamos a cargar mucho tiempo, y la Música puede afectarnos a un nivel más emocional que, digamos, la indumentaria. Eso nos hace especialmente faltos de crítica con Ella.  Es una forma de arte cuyo principal efecto es ese: desarmarnos de nuestra racionalidad, y apelar directamente a sensibilidades no muy bien entendidas del todo. Cada snob/culto/intelectual/educado que conozco y está saludablemente orgulloso de escuchar primordialmente música sinfónica europea (es decir, cof,  música clásica, cof,) escuchaba ya música clásica a los 14 años o antes. Lo mismo ocurre con el Jazz. Y no es que uno no pueda aprender después a escucharlos, por supuesto que puede y lo hace. Pero algo se queda de nuestra pubertad para siempre grabado en nuestro cerebrito. Así que mis amigos cultos van a ponerse felices cuando pongan la quinta de Prokofiev y también cuando pongan Venecia de los Hombres G. Y las van a cantar, y se van a emborrachar. Y serán felices y Dios maldiga a quien los critique.

Mi caso particular es muy típico de mi medio, mi clase y mis amigotes. Soy y seré siempre metalero, no lo puedo evitar, y como buen metalaro tengo que  odiar a Metallica. Y lo hago, como personas y como músicos, especialmente ahora. Son odiosos, viejos empresarios brutales, egoistas, megamaniacos, etc. Pero, ahí te va un pro-tip: sí quieres que me ponga automáticamente de buenas en una reunión cualquiera, pon una pieza de Metallica del album negro o de Justice for All. Vas a verme sonreir, probablemente tararear, o incluso empezar un eslam con tus invitados.  No puedo evitarlo, es condicionamiento pavloviano. Es parte de mí. Dime que quieres escuchar también tú cuando estés en una reunión en mi casa y no te la estes pasando bien. Seguro hay algo que causa esa reacción o similar.

Así que ahí está: voy a hablar mal de Metallica siempre, y voy a disfrutar todavía su música. Al menos los primeros cinco o seis discos…